Magisterio de la Iglesia

Spiritus Paraclitus
CARTA ENCÍCLICA

BENEDICTO XV
Sobre la lectura, estudio y meditación asidua de la 
 Sagrada Biblia  por el clero y fieles sin excepción, con motivo

del 15º centenario de la muerte de San Jerónimo.
20/9/1920

INTRODUCCIÓN:
 A propósito del 15º Centenario de San Jerónimo, 
el Papa da orientaciones para los estudios bíblicos

   1. La Divina Consolación viene de las Escrituras 

   Habiendo enriquecido al género humano en las Sagradas Letras para instruirlo en los secretos de la divinidad, suscitó en el transcurso de los siglos numerosos expositores santísimos y doctísimos, los cuales no sólo no dejarían infecundo este "celestial tesoro" (1), sino que habían de procurar a los fieles cristianos, con sus estudios y sus trabajos, la abundantísima consolación de las Escrituras. El primer lugar entre ellos, por consentimiento unánime, corresponde a San Jerónimo, a quien la Iglesia católica reconoce y venera como el Doctor Máximo concedido por Dios en la interpretación de las Sagradas Escrituras.

San Jerónimo eximio comentarista

   Próximos a celebrar el decimoquinto centenario de su muerte, no querernos, venerables hermanos, dejar pasar una ocasión tan favorable sin hablaros detenidamente de la gloria y de los méritos de San Jerónimo en la ciencia de las Escrituras. 

El Papa renueva orientaciones

   Nos sentimos movido por la conciencia de nuestro cargo apostólico a proponer a la imitación, para el fomento de esta nobilísima disciplina, el insigne ejemplo de varón tan eximio, y a confirmar con nuestra autoridad apostólica y adaptar a los tiempos actuales de la Iglesia las utilísimas advertencias y prescripciones que en esta materia dieron nuestros predecesores, de feliz memoria, León XIII y Pío X.

   En efecto, San Jerónimo, «hombre extraordinariamente católico y muy versado en la ley sagrada» (2), «maestro de católicos» (3), «modelo de virtudes y maestro del mundo entero»(4), habiendo ilustrado maravillosamente y defendido con tesón la doctrina católica acerca de los libros sagrados, nos suministra muchas e importantes enseñanzas que emplear para inducir a todos los hijos de la Iglesia, y especialmente a los clérigos, el respeto a la Escritura divina, unido a su piadosa lectura y meditación asidua.

I. LA VIDA Y LOS TRABAJOS DE SAN JERÓNIMO

1) Nacimiento. Estudios en Roma. Primer retiro en Oriente

2. Bosquejo histórico: vida y trabajos de San Jerónimo

   Como sabéis, venerables hermanos, San Jerónimo nació en Estridón, «aldea en otro tiempo fronteriza entre Dalmacia y Pannonia» (5), y se crió desde la cuna en el catolicismo (6); desde que recibió aquí mismo en Roma la vestidura de Cristo por el bautismo(7), empleó a lo largo de su vida todas sus fuerzas en investigar, exponer y defender los libros sagrados. Iniciado en las letras latinas y griegas en Roma, apenas había salido de las aulas de los retóricos cuando, joven aún, acometió la interpretación del profeta Abdías: con este ensayo «de ingenio pueril»(8), de tal manera creció en él el amor de las Escrituras, que, como si hubiera encontrado el tesoro de que habla la parábola evangélica, consideró que debía despreciar por él «todas las ventajas de este mundo»(9)

3. En Oriente. Estudio de lenguas; primeros comentarios.

   Por lo cual, sin arredrarse por las dificultades de semejante proyecto, abandonó su casa, sus padres, su hermana y sus allegados; renunció a su abastecida mesa y marchó a los Sagrados Lugares de Oriente, para adquirir en mayor abundancia las riquezas de Cristo y la ciencia del Salvador en la lectura y estudio de la Biblia (10).

   Más de una vez refiere él mismo cuánto hubo de sudar en el empeño: «Me consumía por un extraño deseo de saber, y no fui yo, como algunos presuntuosos, mi propio maestro. Oí frecuentemente y traté en Antioquía a Apolinar de Laodicea, y cuando me instruía en las Sagradas Escrituras, nunca le escuché su reprobable opinión sobre los sentidos de la misma» (11). De allí marchó a la región desierta de Cálcide, en la Siria oriental, para penetrar más a fondo el sentido de la palabra divina y refrenar al mismo tiempo, con la dedicación al estudio, los ardores de la juventud; allí se hizo discípulo de un cristiano convertido del judaísmo, para aprender hebreo y caldeo. «Cuánto trabajo empleé, cuántas dificultades hube de pasar, cuántas veces me desanimé, cuántas lo dejé para comenzarlo de nuevo, llevado de mi ansia de saber; sólo yo, que lo sufrí, podría decirlo, y los que convivieron conmigo. Hoy doy gracias a Dios, porque percibo los dulces frutos de la amarga semilla de las letras» (12).

2) Constantinopla y Roma.
    Encargo del Papa Dámaso de corregir el texto del N. T.

   Mas como las turbas de los herejes no lo dejaron tranquilo ni siquiera en aquella soledad, marchó a Constantinopla, donde casi por tres años tuvo como guía y maestro para la interpretación de las Sagradas Letras a San Gregorio el Teólogo, obispo de aquélla sede y famosísimo por su ciencia; en esta época tradujo al latín las Homilías de Orígenes sobre los Profetas y la Crónica de Eusebio, y comentó la visión de los serafines de Isaías. 

4. En Roma. El Papa Dámaso y la versión latina del N. T.

   Vuelto a Roma por las dificultades de la cristiandad, fue familiarmente acogido y empleado en los asuntos de la Iglesia por el Papa San Dámaso (13). Aunque muy ocupado en esto, no dejó por ello de revolver los libros divinos (14), de transcribir códices (15) y de informar en el conocimiento de la Biblia a discípulos de uno y otro sexo(16), y realizó el laboriosísimo encargo que el Pontífice le hizo de enmendar la versión latina del Nuevo Testamento, con tal diligencia y agudeza de juicio, que los modernos conocedores de estas materias cada día estiman y admiran más la obra jeronimiana.

3) Vuelta a Belén y viajes por Palestina

   Pero, como su atracción máxima eran los Santos Lugares de Palestina, muerto San Dámaso, Jerónimo se retiró a Belén, donde, habiendo construido un cenobio junto a la cuna de Cristo, se consagró todo a Dios, y el tiempo que le restaba después de la oración lo consumía totalmente en el estudio y enseñanza de la Biblia. Pues, como él mismo certificaba de sí, «ya tenía la cabeza cubierta de canas, y más me correspondía ser maestro que discípulo, y, no obstante, marché a Alejandría, donde oí a Dídimo. Le estoy agradecido por muchas cosas. Aprendí lo que no sabía; lo que sabía no lo perdí, aunque él enseñara lo contrario. Pensaban todos que ya había terminado de aprender; pero, de nuevo en Jerusalén y en Belén, ¡con cuánto esfuerzo y trabajo escuché las lecciones nocturnas de Baranías! Temía éste a los judíos y se me presentaba como otro Nicodemo» (17).

   Ni se conformó con la enseñanza y los preceptos de estos y de otros maestros, sino que empleó todo género de ayudas útiles para su adelantamiento; aparte de que, ya desde el principio, se había adquirido los mejores códices y comentarios de la Biblia, manejó también los libros de las sinagogas y los volúmenes de la biblioteca de Cesarea, reunidos por Orígenes y Eusebio, para sacar de la comparación de dichos códices con los suyos la forma original del texto bíblico y su verdadero sentido. 

Viajes de estudio por Palestina

   Para mejor conseguir esto último, recorrió Palestina en toda su extensión, persuadido como estaba de lo que escribía a Domnión y a Rogaciano: «Más claramente entenderá la Escritura el que haya contemplado con sus ojos la Judea y conozca los restos de las antiguas ciudades y los nombres conservados o cambiados de los distintos lugares. Por ello me he preocupado de realizar este trabajo con los hebreos mejor instruidos, recorriendo la región cuyo nombre resuena en todas las Iglesias de Cristo». (18)  

   Jerónimo, pues, alimentó continuamente su ánimo con aquel manjar suavísimo, explicó las epístolas de San Pablo, enmendó según el texto griego los códices latinos del Antiguo Testamento, tradujo nuevamente casi todos los libros del hebreo al latín, expuso diariamente las Sagradas Letras a los hermanos que junto a él se reunían, contestó las cartas que de todas partes le llegaban proponiéndole cuestiones de la Escritura, refutó duramente a los impugnadores de la unidad y de la doctrina católica; y pudo tanto el amor de la Biblia en él, que no cesó de escribir o dictar hasta que la muerte inmovilizó sus manos y acalló su voz. Así, no perdonando trabajos, ni vigilias, ni gastos, perseveró hasta la extrema vejez meditando día y noche la ley del Señor junto al pesebre de Belén, aprovechando más al nombre católico desde aquella soledad, con el ejemplo de su vida y con sus escritos, que si hubiera consumido su carrera mortal en la capital del mundo, Roma.

   Saboreados a grandes rasgos la vida y hechos de Jerónimo, vengamos ya, venerables hermanos, a la consideración de su doctrina sobre la dignidad divina y la verdad absoluta de las las criaturas. 

ONTÁCTENOS:

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NOTAS      
(1) Conc. Trid., ses.5, decr.: de reform. c.l.
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2) Sulp. Sev., Dial. 1,7. (volver)

(3) Cassian., De inc. 7,26. (volver)

(4) S. Prosp., Carmen de ingratis V 57. (volver)  

(5) De viris ill. 135. (volver)

(6) Ep. 82,2,2.  (volver)

(7) Ep. 15 l,l; 16 2,1.  (volver)

(8) In Abd., praefat. (volver)

(9) In Mt. 13,44. (volver)

(10) Ep. 22,30 1. (volver)

(11)  Ep. 84 3,1. volver)

(12) Ep. 125 12. (volver)

(13) Ep. 123,9 al. 10; 122,2,1. (volver)

(14) Ep. 127,7,1s.  (volver)

(15)  Ep. 36,1; 32,1. (volver)

(16)  Ep. 45,2; 126,3; 127, 7. (volver)

17) Ep. 84,3, l s. (volver)

18) Ad. Domnionem et Rogat. In I Paral. Praef. (volver)